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viernes, 27 de agosto de 2021

Ítaca



"Velas en rojo"
Obra del pintor
Óleo sobre madera,
Abstracto, 2021,
Punta del Este, Uruguay.


(Un poema para tiempos en los que nos está prohibido hacer viajes...)



  ÍTACA

POEMA DE CONSTANTINO CAVAFIS


(Traducción al español rioplatense)



Al partir rumbo a Ítaca


desea que sea largo tu viaje,

lleno de aventura, lleno de hallazgos.

Lestrigones, Cícloples,

furioso Poseidón - no les tengas miedo:


jamás encontrarás cosas como esas en tu camino


siempre que mantengas tu mente en positivo,

siempre que un encendido entusiasmo
sacuda tu alma y tu cuerpo.

Lestrigones, Cíclopes,

salvaje Poseidón -no los vas a encontar

a menos que los traigas dentro tuyo,

a menos que tu alma los despliegue frente a vos.



Deseo que sea largo tu camino.

Que haya muchas mañanas estivales en las que,

con mucho placer, con mucha dicha,

arribes a puertos que ves por vez primera;

ojalá desembarques en factorías fenicias

para adquirir finezas,

 madre perla, corales, ámbar y ébano,

esencias sensuales de todo clase -

tantos perfumes sensuales como puedas;

ojalá visites muchas ciudades egipcias

para aprender y seguir aprendiendo de sus sabios eruditos.



Mantené tu mente siempre puesta en Ítaca.

Llegar allí es tu destino.

Pero no vayas a apurar la marcha.

Mejor sería que tu viaje durara años,

para que seas anciano cuando llegues a la isla,

y rico con todo lo que has ganado en el camino,

sin esperar que Ítaca sea la que te haga rico.



Ítaca te dio el maravilloso viaje.

Sin ella jamás habrías emprendido el camino.

Ya no tiene más nada para darte.



Y si pobre la encuentras,
Ítaca no te habrá defraudado.
Con tanta sabiduría ganada, con tanta experiencia,
habrás por fin comprendido lo que significan todas las Ítacas.


domingo, 22 de agosto de 2021

Sombra




No necesito ya las fotos de antes

para en tu memoria honrarte,

ni el olor de tu piel entre tus prendas.

No necesito tus rosarios ni tus huellas,

ni la tersura de tu mano amada 

en la mía, vencida, acurracada.


Te sé viva y libre en otro espacio,

en un lugar azul sin rosas, sin espinas,

en un tiempo sin reloj ni calendarios,

donde nada te agita ni te angustia,

donde nadie te grita ni te busca,

y donde no hay ventanas sino puertas.


No sé muy bien dónde ni cuándo,

de qué manera o en qué tacón de esquina

yo volveré a encontrarme con tus pasos:

voy a seguirte, Sombra, como en sueños,

nos volveremos a tomar del brazo,

no iremos ya a llorarnos a una misa.


Seremos libres juntas, ya no Sombra...

Y mientras tanto, ya no te rezo yo, 

mientras, corren los ríos y los trenes

mientras, se arruga mi piel, 

y el tiempo, impaciente gusano,

mancha mis manos como lo hizo con las tuyas.


La luz hace que en reflejos me visites:

yo te tengo por siempre en cada ocaso,

en cada uno de mis amaneceres desvelados,

en mi baile de adulta, en mi cocina y en mi canto,

en mis prendas amplias y turquesas, en mi risa

y en la Sombra que antes nos asustaba tanto.


martes, 17 de agosto de 2021

Las tres flores


   


   Venían las tres por la vereda, ya no tomadas del brazo como antes de la pandemia: las tres sesentonas emperifolladas para ir a la primera misa que se realizó en la parroquia de acá a la vuelta cuando por fin el protocolo aflojó. Las malas lenguas del barrio las llamaban "las tres flores de la costa". Yo me concedí el permiso de bajarme el barbijo para olerlas. Hurgué en mi memoria olfativa y recordé que, antes de perder el olfato por tener que vivir con un barbijo puesto todo el tiempo, al cruzarlas una vez, había olido aquella fragancia que solía identificar a mi mamá emanando de la solapa del saco de una de ellas, la más agraciada de las tres: Gloria. Yo venía caminando detrás de ellas y me les adelanté. Y al saludarlas, me acarició la nariz ese perfume que ahora busco en la ropa de mi vieja en los momentos en los que la lloro todavía, aunque ya se estén desvaneciendo con el correr del tiempo - el llanto y el perfume. Dije en voz alta el nombre comercial de la fragancia, y Gloria se iluminó, y sus ojos se abrieron como los pétalos de una flor que explota una mañana de primavera. Las otras dos me miraron mal porque había cometido el pecado mortal de bajarme el barbijo para hablar justo cuando estaban camino a la misa del domingo. En cambio, Gloria se encendió y me contó brevemente la historia de ese perfume. Se lo había traído Jorge del free shop de Ezeiza especialmente escogido para el aniversario de bodas número 40, que no llegaron a celebrar juntos porque a Jorge se lo llevó el COVID en cuatro días por una neumonía que lo terminó de fulminar en coma inducido ya, y me explicó que lo que no podía perdonar ni digerir era el hecho de que no le permitieron verlo muerto, ni siquiera estar presente en la ceremonia de cremación para poder despedirlo con ese perfume puesto. De los pétalos abiertos de sus ojos brotaron dos lagrimones que eran como el rocío del amanecer. Y entre los lagrimones y los mocos que se adivinaban detrás de su barbijo negro, me regaló una flor que deseo huela a presagio, abrazándome con la mirada:

-Yo te auguro un gran futuro.

Yo voy en tren



    Eran días de un calor pastoso y un aire enloquecido que parecía haber alterado la cordura, la sangre y el sueño de la gente en la ciudad que siempre le da la espalda al río y la cara a su pasado mas de lo deseable. En efecto, eran días en los que parecía revivirse un pasado indeseable en plena pandemia, días en que, para variar, los unos y los otros no se habían puesto de acuerdo en la estrategia vital de supervivencia en esto que algunos han dado en llamar la Tercera Guerra Mundial, y nosotros, los soldados, los llamados "ciudadanos", que los votamos para que nos protejan, habíamos quedado atrapados en la línea de fuego, sin entender bien dónde estábamos parados y lastimosamente desarmados de libertad. Los unos declamaban por los medios que lo prudente era quedarse en casa, mientras ellos, vacunados ya de entrada, se enfiestaban sin barbijo ni vergüenza, tal como hemos visto en fotos los últimos días. Nosotros nos teníamos que resignar a vivir del aire y del sol en las trincheras gastadas del "yendo de la cama al living" otra vez, y agua y ajo - a aguantarse y a joderse una vez mas -, porque no confiaban en el ejercicio de nuestra responsabilidad ciudadana ni nos vacunaban. Y mientras tanto, los otros nos declararon "esenciales" a unos cuantos, y nos ordenaron salir de las trincheras, porque ya era hora de volver al frente de batalla, para ir a pelear por el bien de la patria, pero sin escudo y sin armas, a luchar contra un enemigo letal e invisible que ya había bajado a varios de los nuestros sin que siquiera se nos permitiera la dignidad de una digna despedida por miedo y falta de protección.


En medio de esta confusa y dolorosa realidad en la que trasladarse a los puestos de trabajo y de lucha dependía de permisos complicados y apps colapsadas que algún genio había pergeñado desde el confort de su hogar y la falta de necesidad de subirse al transporte público que se intuye a ciegas y enfurece sordamente, me encontré yo con una señorita enfundada en su uniforme caqui, con uñas esculpidas y piernas gruesas cruzadas, montada a un taburete en la puerta del andén de la estación de tren. Era la empleada de turno del Ministerio de Transporte. Yo la doblaba en edad y en nivel de estudios. Ella tenía cinco anillos, tres piercings y dos tatuajes visibles. Ella estaba en el clímax de su carrera de empleada pública, yo en el climaterio de la propia como docente. Yo transpiraba la gota gorda, cargaba cuatro gruesos libros y rogaba, rozando mi rosario, que llevaba a todos lados junto con mi barbijo y la máscara que me habían dado como única protección, que me dejara pasar. Ella disfrutaba de su poder de agente de la KGB y de su labor de becaria bajo el sol de revisar pantalla por pantalla el celular de los pobres laburantes que, como yo, teníamos que pelarlo bajo el sol, sin ver una goma y sin entender bien qué hacer sin un tutorial, y mostrar nuestras credenciales validadas por vaya a saber qué genio informático que se llenó de guita en pandemia mientras tantos se fundieron y tuvieron que bajar persianas y plantar bandera, para poder viajar a donde nos habían mandado ir después de largos meses en los que nos habían mandado quedarnos, todo por el mismo mísero sueldo de siempre, por la misma obediencia debida y de vida de siempre en este íspa. Y punto final: nuestras preguntas, nuestras serias dudas, nuestros derechos de circular libremente, nuestros reclamos vitales móviles, eternos como los laureles que supimos conseguir, nos los teníamos que meter en el bolsillo, para decirlo de manera políticamente correcta.


Y sucedió lo que tenía que suceder, lo que yo ya me temía.... Ella saboreó su momento de sadismo y de poder, y me rebotó como una vez me rebotaron en New York City, por no dar el look de la rubia tarada y aburrida; me rebotó con desprecio, y eso fue lo que me sacó de quicio, porque yo solo tenía permiso para circular con mi vehículo particular, porque me asumió rica por tener un automóvil familiar con el que no contaba en aquella oportunidad en la que quería volver a casa en tren de trabajar porque me habían obligado a ir de manera presencial sin que nada hubiese cambiado para bien desde que se me había ordenado no ir y hacerlo de manera remota, desde casa y con mi computadora, esa que todavía estaba pagando en cuotas de mi propio y flaco bolsillo para poder cumplir con mi trabajo, tal como le intenté explicar a esta señorita, y porque, encima y con humos de generala, me hizo notar con su índice altanero coronado por una tremenda uña gatuna color rosa chicle, no contaba yo con la reserva digital en el tren, un tren que, de todos modos, iba y venía hasta las bolas y con demora, como siempre en esta bendita ciudad. Y lo que sucedió fue que la empleada del Ministerio de Transporte, subida a su taburete y con el índice levantado en rotunda negativa hacía mí, desató toda mi furia como en aquella película de los 90, y yo me percibí Michael Douglas cuando le grité lo que grité para mi propia sorpresa y la de mis compañeras de trabajo, que temían por mi integridad física y, sobre todo, por mi salud mental, que naturalmente ya estaba seriamente afectada de todas maneras para aquel entonces, como la de todos: ¿o debería decir "todes"?


Y finalmente hice lo que tendría que haber hecho mucho antes en lugar de ser tan buena y tan cumplidora, tan mansa y tan obediente toda mi vida... Hice lo que exhorta ese poema que se le adscribe a un Borges que no lo escribió, pero a quien, de todas formas, casi que no hemos leído y asumimos, desde nuestra burda y argenta ignorancia, que escribía novelas y frasecitas inspiradoras de autoayuda, y lo tildamos de gorila. Fui mas sensata y prolífica, menos higiénica, decidí viajar más liviano, tiré mi pesado bolso todo empapado de sudor por el papelón de la vergüenza ajena por entre los barrotes de la valla de contención con la que se había parapetado al andén, y me colé - furiosa y triunfal- por primera vez en mi vida, a los 52 años y con 10 kilos ganados en la pandemia a fuerza de encierro, canal Gourmet y forzada falta de actividad física. Me colé en el andén del tren ante los felinos ojos de la autoridad del Ministerio de Transporte. Y cuando ella me vio, tal como yo deseaba, sedienta de revancha en medio de mi ataque de ira bélica, luego del acalorado altercado que había tenido conmigo y con otros tres, creyendo que nos había vencido, cuando la mina clavó sus ojos en mí, por falta de arma, por sobre sus predecibles Ray Ban espejados, la miré, fiera, maltrecha y desafiante, pelé mi celular, pero esta vez lo alcé cual bandera alta en el cielo del atardecer porteño de guerra declarando una victoria bien habida, y le canté en pleno andén: 

-¡YO VOY EN TREN, no voy en avión!

Y me sentí mas libre que las estrofas del mismísimo Himno Nacional Argentino: me sentí Charly García saltando a una piscina desde las alturas y cantando su canción a viva voz, cuya letra había yo alterado de manera subversiva. Me subí al tren con taquicardia, por fin, pero aligerada, justo una hora antes del toque de queda del crepúsculo decretado para reducir contagios a la hora en que casi nadie viaja ni es factible que se vaya a contagiar, y después de asegurarles a mis colegas por los cinco grupos de WhatsApp que teníamos por entonces para trabajar - a toda hora del día y de la noche y los siete días de la semana -, que me encontraba sana y salva y camino a casa de colada como la mejor. Fue una epifanía vital de la que no hay retorno. Supe entonces que, de ahora en mas, los libros, que siempre me habían dado seguridad y respuestas hechas, no iban a formar mas parte de la geografía de mis días en la tierra, que en adelante iba a dejarme guiar de hora a hora por la intuición y por este grito de libertad que hizo que naciera de vuelta a la vida que yo elegía vivir. Fue entonces, entre lágrimas de bronca e impotencia, cuando me juré a mí misma, ya llegando a estación Pueyrredón, darme por desaparecida de esta realidad contradictoria para gritar definitivamente "Nunca más" y ponerle a esta distopía de mi vida en la ciudad el "Punto Final".





jueves, 12 de agosto de 2021

Testamento

 ´



TESTAMENTO, DE DOROTHY PARKER






Ay, deja que sea una noche de lírica lluvia




Y de cantarinas brisas, cuando llegue mi hora.

He amado tanto la lluvia que me llevaré

Hasta lo último en mis oídos de su amistoso y tenue estribillo

Me acostaré tranquila y plácida, yo que me acostado

Afiebrada, y observaré el libro del día al abrirse.

La muerte no ha de estremecerme; soy de corazón valiente

Que el dolor ha hecho incapaz de doler.




Los gusanos serán mas amables que cualquier amor;




Me dará paz acostarme allí, sin ojos,

Mi cama oculta por las lluvias que la nivelan

Mi pecho alimentando el yuyal sobre ella.

Y tú dirás de mí, "¿Entonces se ha muerto?

Quizá debería haberle mandado un ramo flores."









TESTAMENT, BY DOROTHY PARKER




"Oh, let it be a night of lyric rain


And singing breezes, when my bell is tolled.
I have so loved the rain that I would hold
Last in my ears its friendly, dim refraln.
I shall lie cool and quiet, who have lain
Fevered, and watched the book of day unfold.
Death will not see me flinch; the heart is bold
That pain has made incapable of pain.


Kinder the busy worms than ever love;





It will be peace to lie there, empty-eyed,
My bed made secret by the leveling showers,
My breast replenishing the weeds above.
And you will say of me, "Then has she died?
Perhaps I should have sent a spray of flowers."