Se citaron en un café del centro después del trabajo. Él le dijo que lo de él eran los números. Ella, rotunda, retrucó:
Hace un tiempo si me encontrabas
iba a ser una persona mirando hacia el pasado,
hurgando en las heridas de toda una vida,
con pocas ganas de empezar los días.
un manojo de ansiedad y descontento.
Hoy si me encontraras
verías a una persona con un presente pleno,
disfrutando de las pequeñas grandes cosas de la vida,
compartiendo mis momentos con los que valen de mi familia,
la que armé y la que creo con aquellos que yo elijo.
Es necesario aclarar
que no intento dar consejos,
pero si tu cielo se llenó de nubes negras,
que no te quepa duda,
se puede atravesar cualquier tormenta solo abriendo las ventanas.
Vuelvo a ser yo,
vuelve A boca de jarro II.
por eso, Dios, tu Dios, te dio a ti solo
Estaba ya de vuelta de mi caminata por el parque retomada recientemente, cuando me encontré con un grupo de personas alrededor de un hombre mayor en su silla de ruedas. Al verme venir, el señor me llamó. Incrédula e intrigada, me acerqué lentamente.
_ Tomá, querida. Esto es para vos.
En sus manos había dos pilas de láminas con pinturas que me explicó él regalaba. Y yo había sido una de las elegidas del día. Sus manos parecían ser lo único que el señor podía mover todavía.
_¿Cuál es su nombre?, conmovida, le pregunté.
_ Mi nombre es René y soy el mejor pintor de la Argentina.
Tomé una lámina al azar y solté un "Que Dios lo bendiga" , aunque ya hace tiempo que a Dios lo olvidé.
René me remite a Rembrandt y Renoir, dos de mis pintores favoritos. Y no cabe duda de que René, en su llama encendida y su fe en su talento, aún estando enfermo y viejo, es el mejor pintor de todos los tiempos que anda en su silla dando lecciones de vida a todos los bendecidos que, como yo ese día, se quedan con una de sus pinturas.
En honor a René Oscar Esquivel. Artista Hiperrealista, Pintor Arg. de L. del Mirador, Bs. As.
Me desperté hamacándome en el fresco aroma de pinos y eucaliptos.
Desayuné en alas de golondrinas, gorriones y calandrias.
Llegué hasta el mar montada en un remolino soleado de viento y sal,
dejando atrás esa manía mía de caminar mirando todo lo que piso.
Me elevé hasta el cielo salpicado de nubes de espuma y bruma.
Y me senté en la arena tersa sintiéndome sanada
y por fin con ganas de escribir unas leves palabras
después de años de no hilar ni una sola línea.